Noticias

Las barbies y las muñecas de nuestra Zobeyda

La UNEARTE le propone a la plenipotenciaria ANC, para que en honor a Zobeyda Jiménez, cada 2 de febrero seas el Día Nacional de las Muñequeras

Por: Alí Ramón Rojas Olaya

Tuve la oportunidad de conocer a Zobeyda Jiménez, la muñequera del pueblo venezolano, en una visita que hiciera el viernes 22 de mayo de 2009 al Instituto de Previsión Social del Ministerio del Poder Popular para la Educación (Ipasme) que presidía el profesor sucrense Favio Quijada. Me tocó dirigirme al público que allí se encontraba reunido por solicitud del entonces presidente del Fondo Editorial Ipasme, José Gregorio Linares, viendo a Zobeyda, que “el Ipasme se sentía honrado con la presencia de tan ilustre artista popular”. Luego leí parte de lo que significa la colección que se creara en homenaje a esta gran artesana de Píritu, estado Portuguesa. Los pueblos resisten: Zobeyda “La muñequera” pretende ser una tribuna para difundir la obra de la resistencia cultural, propia de la creación del pueblo y el saber tradicional, ese que ha estado presente en el tiempo. Ella ha jugado un papel fundamental en la defensa del derecho a la heterogeneidad a la diversidad y creatividad de los pueblos y ha enfrentado a la cultura dominante y homogénea, correspondiente con el consumismo de la ideología de la sociedad capitalista. Y hago aquí un paréntesis para hablar sobre una de las muñecas más universalmente conocidas.

Al explicar los orígenes de la rubia muñeca Barbie, Ruth Handler, su creadora, señaló que la intención inicial fue inventar un juguete que permitiera a las niñas realizar sus sueños. Es decir casarse con Kent (hombre rubio, apuesto, exitoso, adinerado), tener una casa, un carro, hijos y una tarjeta de crédito. La primera Barbie irrumpe en el mercado el 9 de marzo de 1959. Es una adolescente que toma sol alrededor de una piscina, cubierta con un traje de baño de una pieza, a rayas, blancas y negras. Bárbara Millicent Roberts, alias Barbie, destina una parte considerable de su tiempo a las compras en compañía de amigas como ella. El resultado es un vasto guardarropas, que incluye desde glamurosos vestidos de fiesta, hasta indumentarias para practicar deporte de invierno. En sus 50 años de vida, la chica ha sido el resultado de la promoción de una imagen femenina que concede excesiva importancia al aspecto físico y a las condiciones de ama de casa y consumidora. Barbie reproduce, una y otra vez, el canon racista de belleza: cuerpo esbelto aunque imposible, tez blanca, pelo rubio, ojos azules. Atributos ajenos al fenotipo venezolano, latinoamericano, originario, africano, árabe y asiático. A principios de los 60 conocimos a una Barbie, que de pronto viste como Jackie Kennedy un conjunto a Chanel y pillbox. Más adelante adscribe al Swinging London gracias a sus atractivas minifaldas, y este año imita dos piezas de la mandataria alemana Angela Merkel. Pero la imagen no es lo único que muta. Barbie abandona a ratos el hogar para disfrazarse de abogada y doctora. Aunque prefiere las actividades asociadas al espacio doméstico (cocinera, niñera, peluquera, cosmetóloga) y al consumo (publicista, asesora de imagen como modelo). Su estatuto de mujer objeto se apropia de un conjunto de tendencias y gestos de penetración cultural.

Penetración cultural que no ha podido asesinar nuestras muñecas de Zobeyda. Porque, aunque la campaña mediática es desigual, las niñas del campo venezolano se ven en las mulecas de Zobeyda Jiménez, ven a sus mamás, a sus abuelas, a sus primas, a sus tías, a la señora que vende conservas, a la que vende pescados, a la que hace arepas y empanadas. Ven sus colores, sus ropas. Por eso es importante conocer la cultura que renace de siglo en siglo y es asumida por el pueblo con sus propios esfuerzos y aportes, la cultura de la resistencia y liberación, del saber tradicional que pertenece a todas y a todos, contraria a la cultura dominante que se impone y pertenece a los grupos minoritarios que aún manejan el poder económico. La barbie es contracultura. Las muñecas, y particularmente esas que se hacen con nuestras manos sembradas de entusiasmo, tienen una particular relevancia en la cultura de la resistencia. Razón tenía nuestro siempre recordado Aquiles Nazoa cuando nos alertó “contra la fastidiosa monotonía de la muñequería industrial, que sólo saben decir mamá”. Al menos las Barbies no hablan, eso es lo mejor que tienen, porque de hacerlo dirían que la cárcel de Guantánamo donde torturan a los reos es bonita, que Pinochet es lindo y que le gusta la música de Shakespeare. Al decir de Hugo Moyer “hay en el astroso corazón de cada muñeca de trapo, un subrepticio depósito de poesía, una vida privada en la que se entretejen los pedazos de muchas vidas”. Quizás por eso, Alí Primera, le cantó una canción a Zobeyda para sentenciar con su verbo y su hermosa poesía que: “hablar de muñecas es hablar de niños y es hablar de ternura y sobre todo si son muñecas de trapo” esas que nos enseñó a dibujar, a querer y a valorar, en su verdadera esencia libertaria y revolucionaria, nuestra querida Zobeyda Jiménez, quien nació el 2 de febrero de 1942, Día de La Candelaria, y que desde la Universidad Nacional Experimental de las Artes se propone a la plenipotenciaria Asamblea Nacional Constituyente, para que en su honor, cada 2 de febrero sea el Día Nacional de las Muñequeras.